Mis poemas en España

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domingo, 18 de diciembre de 2016

Manifiesto del errabundo, poema de Ulises Paniagua

Manifiesto del errabundo
Ulises Paniagua 






Yo, Ulises Paniagua
príncipe de las tempestades internas
perpetuo errabundo de mí
doy fe de que la vida
como una fuente de sensaciones y conocimiento
me ha sido concedida.

Que mi mente y mi cuerpo
-cual espacios sagrados-
aún campean florecientes
en la sinrazón del mundo.

He levantado catedrales a la memoria
erigido monumentos sentimentales
Me he desvanecido
fui río, gotera, tsunami de tropiezos

En la fecha
en que estas palabras escribo
doy testimonio
de que no morí a los veintisiete –fatídicios-
ni a los duros treinta y tres
(número cabalístico)

Confieso: la vida es hermosa
(sin metáforas ni dobles discursos)
Doy fe del asombro y el gozo
ante los días concedidos.








Copyright: del autor, Diciembre, 2016.

jueves, 27 de octubre de 2016

Vámonos poniendo fúnebres, poemas dedicados a la muerte, de Ulises Paniagua


Vámonos poniendo fúnebres
Breves Poemas al cobijo de la festejada.


  

                                                           “Sólo vinimos a dormir, sólo vinimos a soñar;

no es verdad, no es verdad

 que vinimos a vivir en la tierra…”


Anònimo mexica.


I

Que ninguno se salva de tus labios,  
bien lo sabes,
que nadie del otero se refugia,
suicida Santa.
Que  el gusano teje olvido carne a carne,
hueso a hueso,
al amparo de los cánceres y el sida.

Que no se rechaza invitación al aposento,
al festín de tierra  entre los dientes,
a la celebración del polvo y de la mosca
bien lo sabes, perversa,
terroncito de azúcar;
bien lo dicta tu desdén, tu empeño.

Dime entonces, sin fingimiento:
¿ tu expiación, cuándo se llega?
¿ cuándo tu lápida se yergue?

Nada para siempre queda, hermana,
ni tu ni nada para siempre.


II


¿Para qué tanto escándalo de horas,
tanto cuesta arriba y cuesta abajo,
tanta verbena de mercado
y tanto  andar nervioso de una hormiga?

Para qué tantos besos
de Judas y Caìnes, y este seguir hollando mundo;
la deslealtad del hombre caza-hombres,
¿para qué entonces el llanto de la ciencia?

Al final, lejos, muy después del camino
sólo dos misterios nos esperan.
Y ellos no entienden de retórica.
Ellos no comen de pretextos.



III

¿Y tú, por qué no te mueres?
¿Por qué no carcome tu hueso flaco
la mansedumbre apacible de un abeto?
¿Por qué no te ocultas,
te desprendes, te arrebatas?

¿Nunca cesas?
¿No conoces de finales de jornada y
agonías de milenio?
¿Nunca has sentido los pies llagados
en las fatigosas marchas sobre el mundo?
¿No sientes escozor en las venas
con la sangre alimentando, macabra,
el subsuelo?
¿No te espantan las bombas?
¿No aborreces el asesinato por la espalda
o el infanticidio?
¿No sufres los terribles legados de la guerra?
¿Nunca lloras?

¿Quién te crees? ¿Qué esperas?
¿Por qué no te mueres de una vez,
y resguardas, en sigilo,
el rastro negro, solitario,
de esta especie ingrata y asesina?
  

IV

-Asistí a una comedia
que versaba sobre un Mesías
resurrecto y triunfante-

Nada más absurdo que el ascenso
del Houdini entre hipérboles de  potestades.

Lejos del sueño,
hacía parecer tu cuerpo una luna sin brillo.

Como si la muerte fuera romántica,
como si enterrar a tu madre o a tu hijo
causara risa,
como si los cuerpos chamuscados tuvieran descanso,
como si de verdad, en serio,
creyéramos en algo.
Como si fuéramos niños pidiendo calavera
en un placentero inframundo…

Asistí ayer a una buena comedia:
me causo espanto.


V     BALADA  DEL RÌO

Me siento torpe al ofrecer
el cuerpo a ojos ajenos, así, tan descompuesto;
culpable por mostrar a cielo abierto
una dentadura imprecisa y los huesos largos.

Me siento torpe por volverme tierra,
lombriz de tierra,
agonía de tierra; cerca del pie vecino,
memoria de río.

Da vergüenza cómo me camina tanto sol
entre los ojos,
por sobre la mochila enrarecida de desierto,
en la cartera despojada de biznagas
y la mezclilla atajada de escorpiones.

Da pena la línea inútil tan cerca de mi,
y la sangre palpitando, dolorida,
allá tan lejos,
donde no habrá más
de mis pasos en el eco de la milpa.

Sólo esta lumbre que incendia
los olvidos más furiosos,
las lágrimas sin destino.

No puedo evitarlo, hoy me siento triste,
estùpido y lejano,
por haberme muerto.


VI

Cuando alguien muere,
consumimos los pabilos para avivar el fuego de la ausencia;
suplantamos su sombra sobre el pavimento;
gastamos cartuchos en busca de perdones y excusas;
trocamos viejos rencores en felices momentos.
Nos creemos santos, y hasta
hacemos verbena de buenos principios frente a todos.

Pero a solas, en el silencio estático de nuestros adentros,
sabiendo lo que sólo nosotros sabemos,
nos da por llorar:
lloramos.

Cuando alguien muere,
sencillamente lloramos.


VII

Me nublo,
de mi va quedando
apenas un rastro sin dueño.
En el cielo asoma
la confusa presencia
del enigma y su llave.

Torbellinos de tierra se vuelcan
sobre uñas y mis parcos labios,
el mundo no existe más allá de mi puño crispado;
en el aire flotan las preguntas sin respuesta;
en el aire se respira misterio.

Más allá no hay nada.
Quizás frío, quizás ánima,
Quizás la incertidumbre
que nos agobia desde el primer parto.


VIII

Ampáranos, mal sueño,
de terminar descarnados en una fosa,
de alimentar susurros de anonimato y silencio,
de  convertirnos en un asalto de taxi mal pagado
o juguete de adolescente violento.

Protégenos de calles de afilados cuchillos
y entrañas de metal mestizo;
de la furia de cada día,
de una rabieta de hambre o abandono.

Líbranos de las esquinas impredecibles,
de los recovecos oscuros,
de los pasos que persiguen nuestros pasos,
de la espantosa hidra del miedo.



IX

Vayamos todos a la  Muerte, de buen modo. Los caducos anarquistas, el miasma del catolicismo; los revólveres sin pólvora, los sedientos de sueño, las bellas, los ridículos,  los feos. Este animal absurdo como un cerbero, que juega con el corazón del pueblo.

Doblemos la esquina y alarguemos la zancada. Vayamos todos a la Muerte, derechito y sin escalas. Y que se derrumbe el mundo, si es preciso, antes del alba, que se desgarre el cielo en su profunda negrura. Que nada quede en pie, hermanos lobos.

Vayamos, juntos, doloridos, a la Muerte y de buen modo.
  

X

Sólo vinimos a soñar
que no dormimos,
que somos accidentes de tiempo;
acaso una perezosa telaraña
enredada en el determinismo;
como raíces de rudo ciprés  bien plantado,
como ángeles, como niños.

Sólo vinimos a fingir que algo nos pasa,
así,
de vez en cuando, en silencio o con regocijo;
que alguna vez una sombra fugaz
nos iluminó el rostro en invierno;
y que en ese instante, al cobijo del destello,
en una calle sin ruido,
verdaderamente nos pensamos vivos.


XI

Nada a tu paso queda, hermana,
nada a tu paso;
desde el microbio hasta la orca
nada dejas sobre el mundo;
ni las piras quevedianas,
ni las bibliotecas imposibles,
ni el destino, ni el fusil,
ni un zapato.
Todo por morir termina,
a tu paso toda senda arrollas,
tren nocturno.

De nosotros nada sobrevive,
todo por morir acaba;
ni la flor, ni el canto,
ni la mentira que atraviesa un puño de agua;
nadie queda,
nadie,
lo que vemos la chingada se lo carga la chingada.
Nada para siempre, hermana,
ni tú ni nadie para siempre.
Es apenas un arrebato de sueño,
una tímida señal, un gesto,
es apenas la ilusión de ser materia de aire
en la impaciencia del camino,
o la esperanza de
pertenecer a un llanto,
a una cruz, a un guijarro.

Nada para siempre queda.
Ni tú ni nada para siempre.




Fin de Vàmonos poniendo fúnebres. 


Del libro "Del amor y otras miserias" (2009)







jueves, 28 de julio de 2016

Duendes, un cuento de Ulises Paniagua.

Duendes
Ulises Paniagua




Mis libros andan por el mundo. Me topo con ellos en una feria literaria, en el librero de un amigo. Hay más de uno del que no guardaba memoria, del que no recordaba despiadados esfuerzos de gestación artística. A menudo me preguntan si los amo, se dejan acariciar la cuarta de forros, el prólogo, la contraportada, las páginas tersas. Respondo, contagiado de entusiasmo, que los amo, que a ratos los extraño de manera rabiosa. Nos regocijamos en el encuentro. Luego viene la despedida. No hay espacio para la nostalgia. Sabemos que en el lugar menos adecuado, una repisa, una mesa de café, en el andén del metro, volveremos a reconocernos. Seremos dichosos, aunque nuestra alegría sea breve. 



Del libro: Las tuercas en mi cabeza.

jueves, 14 de julio de 2016

La ansiedad, los otros, mi cabeza (Un poema de Ulises Paniagua)

La ansiedad, los otros, mi cabeza

Imagen cortesía de Salvador Castañeda (INBA)

(La persiana rota (La ansiedad del sillón (La yerba (Las pastillas que no desayuné (Joyce (Blake (Ginsberg (La mala armonía (El resentimiento (Kafka (Canetti (Cervantes en vuelo (Las traiciones de los que restallan lágrimas (Misloz (Huidobro (Di Giorgio (Mis placas dentales (La envidia que respira fuera (La melodía a solas (Lo muy agrio (Sexton (Plath (Eunice (Espectros de antiguas novias (Sonrisas grises (Esta jaula podrida de mi esqueleto (La tristeza entre perfumes ciegos (El dolor que no cesa (Caer desde el silencio (Los disparos desde el vientre de mi madre (Los Libros (El vino como profeta (La muerte que no abordé (Lo que sueño a través del tacto (Lo que soy (Lo que he sido (La bruma de mi corazón cuesta arriba (Cuántos instantes de soledad y muchedumbre (Cuánto tiempo para odiar (Para beber mis despojos con ojos de rabia

A pesar de todos
                            y de mí mismo.







jueves, 30 de junio de 2016

Delirio, cuento de Ulises Paniagua

Delirio
Ulises Paniagua

Mi casa ha sido invadida por los árboles. Una enredadera se ha apoderado de mi estudio dotándolo con la apariencia de una jungla. De vez en vez un chimpancé se descuelga para robar un ejemplar de las tragedias de Esquilo, o un ensayo de Montaigne. Ignoro si los chimpancés saben leer, al menos estos. Una vez, por la madrugada, me pareció escuchar un jaguar, incluso juraría haber visto su silueta recortada a través del cristal. Decidí cerrar la ventana hasta que su salvaje presencia desapareció.
No todo es terrible. Sentado ante el escritorio, me complazco escribiendo poemas acerca del comportamiento de las abejas, las orugas, las hormigas que caminan sobre la hojarasca del piso. Y por la noche, me gusta leer mis libros favoritos a la luz de las luciérnagas.




Del libro: Las tuerca de mi cabeza.


Los otros yo, Ulises Paniagua

Los otros yo
Ulises Paniagua

Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos...
Guy de Maupasant

Morimos una y otra vez, con la piel transpirando las fronteras, en silencio. La infancia y la adolescencia, atadas a sus sombras, habrán de acompañarnos como fantasmas. Más que ciclos, son vidas pretéritas. Cada indeterminado periodo, somos distintos aunque iguales. Mudamos  a un animal con el mismo rostro, el mismo nombre, pero que anhela una vida menos o más intensa que la anterior. ¿Cuántas veces seguiremos muriendo? ¿Cuántas veces tendremos oportunidad de renacer? No sé si soy mejor que mi yo a los trece años. Tampoco puedo conocer si seré mejor a los ochenta. Las probabilidades de los otros yoes se visten de misterio.

 

Del libro: Las tuercas en mi cabeza.




Los otros yo, Ulises Paniagua

Los otros yo
Ulises Paniagua

Se moría poco a poco, como se mueren los tísicos...
Guy de Maupasant

Morimos una y otra vez, con la piel transpirando las fronteras, en silencio. La infancia y la adolescencia, atadas a sus sombras, habrán de acompañarnos como fantasmas. Más que ciclos, son vidas pretéritas. Cada indeterminado periodo, somos distintos aunque iguales. Mudamos  a un animal con el mismo rostro, el mismo nombre, pero que anhela una vida menos o más intensa que la anterior. ¿Cuántas veces seguiremos muriendo? ¿Cuántas veces tendremos oportunidad de renacer? No sé si soy mejor que mi yo a los trece años. Tampoco puedo conocer si seré mejor a los ochenta. Las probabilidades de los otros yoes se visten de misterio.

 

Del libro: Las tuercas en mi cabeza.