Mis poemas en España

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jueves, 31 de enero de 2013

Encuentro en la embajada


Encuentro en la embajada
                                                                            (CUENTO)

Ulises Paniagua 
México, DF, (1976)





I

 

Era mediodía, el calor sofocaba, y para acabarla de chingar había olvidado la cajetilla de los Popular sobre el escritorio. La oficina del diario quedaba a quince minutos en taxi, pero considerando la manifestación sobre Avenida Insurgentes que se había anunciado para ese día, calculé que por lo memos me tomaría una hora regresar por ella. Ni siquiera se me ocurrió recurrir a la tienda de la esquina para comprar una de otra marca. A mí me gusta el tabaco cubano, el tabaco fuerte. No me imagino fumando alguno de esos cigarrillos que apenas tienen olor a perfume.

Estaba molesto y nervioso. Aparte del olvido, me habían encomendado una tarea colosal: una entrevista con el Cuento. Mi jefe, un gordo e impositivo coordinador de la sección cultural, se enteró no sé cómo ni a oídas de quién, de la visita de tan destacado personaje a nuestra ciudad.

-Quiero una entrevista cabrona -amenazó- Piensa bien lo que vas a preguntar. No me vayas a venir con idioteces...

Me armé de valor y entré a la embajada. Después de presentar mi identificación, el recepcionista me condujo a una terraza apacible donde un jardín mexicano, una cascada artificial y viejas poltronas decimonónicas dominaban la decoración. Olía a chistorra y a queso fundido. Seguramente en la cocina preparaban el almuerzo.

El Cuento entró sin anunciarse. Alto, erguido, aunque un poco ceremonioso y pesado, se dirigió a una de las poltronas. Se sentó.  Su figura imponía respeto. Se adivinaba a simple vista uno de esos seres que ahora se hayan convertidos en grandes señores, pero que algún día vivieron y amaron en un barrio pobre. Destapó un whisky escocés y me sirvió una copa. Luego se sirvió él.

-¿Un cigarro?- ofreció. Casi brinco de la alegría. Fumaba cubanos.

-Gracias- sonreí.

No sabía cómo iniciar. Había pasado la noche planteando y replanteando los tópicos, ensayando el tono con el que formularía cada pregunta; incluso practiqué las inflexiones y los matices. Sin embargo, en ese momento olvidé lo ensayado. Alguna vez tuve oportunidad de entrevistar a José Saramago, a Doris Lessing, a Vargas Llosa. Había librado cada batalla -tal vez con suerte-, sobreviviendo a cada compromiso de manera decorosa. Pero ahora estaba desconcertado: ¿qué demonios se le puede preguntar al Cuento?

A él, en cambio, se le veía jovial. Saboreaba cada bocanada, contemplando cada voluta que se desprendía desde su rollito de tabaco. Me miraba, impasible, detrás de los espesos cristales de sus anteojos. Bebía a pequeños tragos.

-¿Y bien?...-comenzó.

-Señor Cuento- me animé carraspeante, mientras encendía la grabadora- yo...

-Cuento, llámame Cuento a secas, hijo. Puedes tutearme.

-Bien, Cuento...¿es la labor que tu realizas hoy en día, fundamental en la evolución de la humanidad?

-Esa es una pregunta arriesgada, hijo; depende de qué entiendes por humanidad- asestó.

Un zarpazo. Me di cuenta de que no iba a ser fácil. De que esta era sólo una pequeña maniobra de un ingenio ácido y perspicaz. Sabía que tendría que esforzarme para conseguir una columna a la altura de las circunstancias. Primero me sentí un poco tenso; pero conforme fuimos avanzando en la charla, me solté. La conversación del Cuento era animada e intensa, una cátedra entre amigos. Yo quería saber su opinión acerca de las nuevas tendencias, de su cercanía con otros géneros como el guión y el poema.

-Cada quien puede hacer de mí lo que le venga en gana- respondió después de un largo trago- La libertad para un atrevimiento literario es ilimitada, y tú lo sabes. Claro que a veces me incomoda que me asocien con el guión o con el teatro; tenemos parentesco, es cierto, pero ya hace rato que estamos distanciados por diferencias de opinión. Aunque los tiempos que vienen presagian nuevas reglas para el juego, y en ocasiones se ha limitado tanto las formas de expresión que...creo que es buena la apertura; condimenta y sazona.

Le planteé entonces la cuestión de las teorías de Allan Poe, Quiroga, Carver y otros grandes con referencia a la creación cuentística. Entonces se rascó la cabeza, se puso de pie, y muy solemne y tal vez un tanto ridículo, confesó:

-El viejo Edgar. Qué te puedo decir. Es uno de mis mejores amigos en este continente. Qué historias escribía, ¿verdad? Pocos cuentistas como él. Siempre guardé una estrecha relación con sus personajes y sus tramas; también con el argentino Jorge Luis y este muchacho, el “Cronopio”. En el mundo, a lo largo de la Historia, he conocido a tantos escritores: eslovenos, hindúes, franceses, italianos, colombianos, cubanos, mexicanos, marroquíes…una infinidad. Todos ellos estupendos. Ninguno mejor ni peor que otro. Digamos que sólo entornan la puerta desde puntos diferentes, para contemplar el mismo interior. En el caso de Quiroga y Carver, puedo decirte que encontré alternancia.

“En el oficio de las letras, uno encuentra gente valiosa y heterodoxa. Yo a Edgar le debo la esencia de mi contemporaneidad. Me comprendió profundamente. Pero déjame decirte que eran otros tiempos. Hay escritores de época, de guerra, de posguerra, generaciones equis muy intensas. Quiero decir con esto que cada generación va forjando nuevas ideas y nuevos conceptos, que cada escritor pertenece a un periodo histórico que muere con la literatura de su creador. Obras valiosas que se estudian y respetan con el transcurrir del tiempo, pero que requieren evolucionar.  La estructura de principios del siglo veinte  era muy precisa; pero hoy en día no se puede seguir a pie juntillas sus propuestas. Las historias no son siempre un círculo perfecto. La originalidad y la unidad, sin embargo, serán siempre fundamentales. Por otra parte, hay normas tácitas sobre la construcción de personajes y situaciones.

Algunas generaciones nuevas me causan risa con sus supuestas ideas vanguardistas. Quiero decir que desde los griegos el vanguardismo estaba establecido. No hacemos más que perseguir las mismas formas, adaptándonos a las perspectivas contemporáneas. Sólo hay finales abiertos o cerrados. Pero esta indagación posee límites que incomodan. Respeto al que transgrede basándose en conocimientos previos. Lo demás es parafernalia y paronomasia de adolescente, literatura muy pobre que basa su intención de novedad en su propio desconocimiento.”

Intentó de manera torpe extraer la cajetilla de su bolsillo. Me percaté de que había bebido mucho (seguro había empezado mucho antes de que yo llegara). Le ayudé a sacar y encender un nuevo cigarro. En ese momento, una secretaria veinteañera de hermosas y largas piernas cruzó frente a nosotros. El Cuento le sonrío con complicidad, con descaro. No se necesita ser muy malicioso para comprender que dormían juntos. Era una chica fascinante. Comprendí que ser un personaje destacado representa grandes ventajas en la búsqueda de una conquista amorosa, pues el intelecto ofrece encantos casi místicos para las multitudes. La secretaria siguió de largo, dejando en el aire el rastro discreto de un guiño y un perfume sensual.

 

II

 

Cómo bebimos esa tarde. Habíamos asesinado tres botellas de whisky y un par de vino chileno. Las ideas que expresaba el Cuento eran cada vez más complejas y menos comprensibles. La lengua se le enredaba con frecuencia. Comenzó a confundir los personajes de las historias. A los de Chéjov los trasladó a Sudáfrica. A los de Rulfo los regaló a Bavaria; a Dorian Gray le colocó atributos hispánicos. Al principio creí que el entrevistado desvariaba, que debía estar enmarañando la inmensa red de literatura que por siglos había tejido, que estaba demasiado ebrio. Pero comencé a darme cuenta que hablaba de universalidad. Intentaba decirme, en un lenguaje eufórico y desafinado, que el cuento era uno solo: el Gran Cuento. Que las historias de los hombres están escritas dentro de otra gran historia, que a su vez se halla inscrita dentro de la Gran Historia.

-Los cuentos siempre son el mismo cuento. El cuento sobre la condición humana, sobre la vida de seres grises y desesperanzados, con destellos alegres y...pero no, no es verdad del todo...son un solo cuento pero todos son distintos. Lo mismo sucede con la novela y la poesía, ¿me explico?

“Además, existe una dolorosa y asfixiante realidad: iniciando desde el Poema de Gilgamesh, cruzando las historias del Panchatantra y las Mil y una noches hasta llegar a nuestros días, el hombre sólo puede escribir acerca de lo que está dentro de su campo de comprensión ¿Es claro lo que digo? No por nada la etimología del término, contus, nos remite a la idea del extremo, del fin, de aquéllo que sólo permite adivinar lo que hay detrás…

Hacía rato que las pilas de la grabadora se habían agotado. La conversación y el vino también.

 

III


 

Era medianoche y consumíamos los últimos cigarros. Por supuesto, nos habían echado de la embajada de manera muy cortés -una vez que el Cuento se puso impertinente y destrozó a patadas un jarrón antiguo, después de mearse fuera de la taza del baño- (yo, por mi parte, me había tendido de espaldas en la arena del jardincito mexicano, reía de manera estúpida y repetitiva mientras hacía “angelitos” con los brazos extendidos).

Viajábamos en taxi al hotel donde el Cuento se hospedaba. Mi interlocutor contemplaba las calles de la ciudad con una actitud curiosa, con una atención particular. Supuse que esa capacidad de observación le brindaba enormes ventajas en su trabajo, pero evité proferir un comentario inútil al respecto. Nos regodeábamos en el silencio, cómplices de la reflexión, hasta que, finalmente, llegamos a nuestro destino.

 El Cuento me dijo, antes de retirarse, que había pasado un rato muy agradable en mi compañía, que hacía tiempo no se divertía tanto. Lo dejé en el lobby. La sensual secretaria lo esperaba, luciendo un vestido púrpura con un escote espectacular. Qué suerte tiene este tipo, pensé, aunque no experimenté ningún sentimiento de envidia. Entendí que todo lo que él disfrutaba era más que merecido. Me extendió la mano, y con un ademán afectado, inició un trastabillado recorrido hasta su habitación. La secretaria se despidió de mí con una sonrisa de agradecimiento.

Me marché, tambaleante, para buscar alguna cantinilla cercana y los muslos calientes de alguna amiga en turno. Me di cuenta de que había perdido mi teléfono celular en algún sitio, casi con seguridad en el asiento del taxi. Supe que era mejor no darle importancia a esas pequeñeces.

En ese momento tomé una decisión. Publicar la conversación en su totalidad era inmerecido. Sólo les daría migajas. A la mañana siguiente iba a transcribir sólo una parte de la entrevista; una parte medianamente profunda e inteligente, excluyendo los episodios donde el Cuento regalaba sus mejores frases, sus elucubraciones más intrincadas. La impactante presencia de mi interlocutor no podría retratarse a través de la frialdad de mis palabras. De antemano sabía que el mundo no estaría preparado para una revelación tan espléndida. Además, en la retrógrada era de los best sellers, la novela barata y los ensayos de ocasión que estamos viviendo, ¿a quién puede importarle un carajo lo que ocurra en el futuro con el Cuento?

 

2006

 

Juguete Chino

 
por: Ulises Paniagua
 
 (CUENTO)
 


Juguete chino

Mira la caja. En el interior esconde otra más pequeña. Dentro de ésta última, una aún más reducida; y así se presenta ante nosotros una sucesión interminable. De pronto se cierne el hermetismo. La última caja –apenas un átomo- marca un alto. Se defiende. Advierte que no hay camino más allá.

Algo sucede. Muta. Surgen de ella historias diversas, poderosos eventos que se magnifican, se repliegan, se retratan; palabras que se revelan ante el asombro del lector. Entonces, sobre esa indivisible medida, sobre el pequeño caudal de ficciones (no por pequeñas menos prodigiosas),  se cierra una caja más grande; y sobre ésta, otra,  y otra más.

En el reverso de la moneda, en el sentido opuesto a las manecillas que precisan la contemplación del tiempo, una multiplicidad de historias va conteniéndose  a sí mismas hasta que, al llegar al punto de partida, la última caja  (quiero decir la primera) se abre, se alarga, se convierte en una masa elástica y, en un impulso incontenible, se propaga al infinito.
 

2006

           



viernes, 25 de enero de 2013

Tres cuentos del libro "Patibulario", de Ulises Paniagua

Estimado lector, estimada lectora: aquí comparto tres cuentos de la autoría de un servidor, Ulises Paniagua Olivares, (México, 1976), extraídos del libro Patibulario, cuentos al final del túnel, publicado en México en el año 2011. Ojalá gusten los cuentos.




HISTORIA DE LA TRÁGICA Y MISTERIOSA DESAPARICIÓN

DE LA SEÑORITA POESÍA
 
Ulises Paniagua
 

                                                      Ilustración: Luis Alanís Téllez

 

            Existen, a lo largo de una vida, diferentes nudos; diferentes momentos donde se tuvo que tomar una decisión difícil, que pudo no ser la más acertada, la más conveniente. Hay quienes darían lo que fuera por no cometer un error cuyas secuelas pudieran manifestarse durante décadas. Particularmente, pienso que eso es para almas débiles. Yo, por ejemplo, podría decir que me arrepiento de lo que hice. Mentiría. La verdad es que no me arrepiento de nada. Se lo merecía. Yo hice que se lo mereciera. No es, en evidencia, el que quiera retractarme lo que me obliga a escribir estas líneas; tal vez se trate, en lugar de eso, de un remordimiento un tanto supersticioso, de ese miedo que me persigue por las tardes frente a su recámara. Su habitación se ve tan desolada, tan oscura, que la mente de vez en cuando me juega malas pasadas.

 

            Que se joda. Cuando lo reconsidero, cuando dejo que lo racional se imponga sobre  mis impulsos, sólo espero que se pudra en su tumba clandestina, que se convierta en un tierno festín para los gusanos. Quién la manda ser tan buena, tan sincera, tan ambigua. Ella ha muerto. Tenía que morir; era su destino, su karma, su lo que quieran. No se puede ser tan metafórica y seguir conviviendo con este desvergonzado mundo. Yo, en cambio, nací para andar estas calles de perdición, para saciar las bocas ávidas de placer; para gozar del cuerpo y el deleitoso convite de la carne, para disfrutar de libertades infinitas que ella no se permitía en plenitud. Como podrá adivinarse, ambas no cabíamos en la misma casa. Por eso me consuelo pensando que lo sucedido tiene mayor relación con la justicia, que con un acto de envidia.

 

            Aunque esperen un poco. Temo haber iniciado de mala manera este relato. Tal vez debí empezar con una frase contundente, como Mi nombre es Lujuria y hace apenas unas semanas maté a una chica; o tal vez con un Buenos días, váyanse al diablo, no puedo dominar mi naturaleza. Lo siento, pero hoy no tengo inventiva. Apenas puedo trazar unas cuantas líneas sobre el cuaderno, en descargo de mi conciencia. Lo cierto es que en los últimos días no he podido conciliar el sueño ¿Sucede entonces que sí me asaltan el arrepentimiento y las trampas de la moral? Todo esto es angustiante.

 

            Poesía y yo somos; fuimos hermanas. Hermanas diametralmente opuestas, como sucede en un gran número de familias alrededor del mundo. Ella, por supuesto, debido a su amabilidad y buena disposición, siempre fue la favorita de mis padres. En todo momento sabía qué sentir, qué decir, era brillante hasta la repulsión. Expresaba tan bien sus pensamientos que parecía perfecta. Podía desprenderse en alegorías y ritmos tan bellos e intensos que cautivaban a cualquiera que le escuchaba: amigos de muchos años o visitas casuales. Incluso, cuando no sabía algo, su desconcierto era lúcido y endecasílabo. Era encantadora, amplia, infinita; cómo negarlo. Daba pocos dolores de cabeza a Papá, y hacía pocas preguntas a Mamá. Su belleza deslumbraba a hombres y mujeres por igual. Sus sonetos eran sabios, y arrebataba con ellos el corazón de sus amigos. Todos terminaban por convertirse en un público a la altura de su ego. Era la hija, la novia, la utopía perfecta.

 

            Yo, en cambio, fui siempre disipada; una ninfómana y una viciosa, a mucho orgullo. Me complacía organizando las mejores y más depravadas fiestas de las que se tuviera memoria. En mis celebraciones -así gusto de llamarlas- estaba prohibido hablar de Arte, Política o Filosofía. Es más, estaba prohibido hablar. Sólo se autorizaban los bailes sensuales, los gritos, el exhibicionismo, el alcohol y las líneas de cocaína;  pero sobre todo, el sexo. El perfumado, redentor, y democrático sexo; el medio más auténtico de la comunicación humana, lejos de torpezas afectivas e hipocresías cotidianas. ¿Han pensado alguna vez en los alcances de la igualdad que puede encontrarse en una orgía, donde, en el deleite desenfrenado, uno nunca se pone a medir  las capacidades económicas e intelectuales de los otros? Nada como el sexo grupal, en intercambio de parejas; el acercamiento entre mujeres y mujeres y hombres que se desbordan en otros hombres; como sea. Lo importante, lo fundamental es siempre nuestro lado carnal. Así soy yo, así he aprendido a ser desde que tengo edad suficiente: un torrente minifaldesco que azota las calles; la satisfacción demandante de una vulva caliente en una habitación de hotel; una exploradora incansable del orgasmo. Les suplico no me juzguen, es mi naturaleza, ya se los dije. Es el único modo que tengo de entender al mundo, amén de que cualquier comentario que puedan dirigir a mi persona me tiene sin cuidado, sobre todo si viene precedido por sus asombros moralistas, apegados a la conveniencia o las buenas costumbres.

 

Poesía, además, no era tan buena como ustedes podrían presumirlo. Gustaba de esconder cosas, de romper vajillas, de destrozar sistemas. Disfrutaba al llenar de barro el piso de la casa para luego culparme a mí de ello. Le encantaba jugar una doble vida para buscar mi perdición. Se complacía en compararse conmigo, competir por los muchachos guapos que con frecuencia nos visitaban en la casa.

 

Cabe agregar que no éramos absolutamente diferentes, como buenas hermanas; a veces a ella le daba por ahondar en terrenos que lindaban la seducción y la malicia; mientras que yo podía establecer romances espirituales con algún chico o chica que me gustara. La verdad, estaba perdidamente enamorada del último de mis novios, el que me traicionó; incluso, contraviniendo las expectativas de la gente que me rodea,  dejé durante algunos meses de practicar la infidelidad y los desplantes, porque lo amaba (por supuesto, los efectos del amor sólo podían resistir algún lapso de tiempo; los últimos cuatro meses volví a un desenfreno que le causaba daño; ¿pero qué podía hacer?, ya lo dije, no gobierno del todo mi naturaleza).

 

Pero no quiero seguir hablando de mí, de esa Lujuria vulnerable y humana, la que en ocasiones prefería una intimidad solitaria y meditabunda; sino de ella, de Poesía, quien disfrutaba generando enredos, consecuencia de su mente febril habitada por ficciones y argumentos complejos. Cuando las cosas le salían mal, no dudaba en enturbiar los hechos hasta que lograba hacerme parecer culpable de lo ocurrido. Por supuesto, le creían; de allí los terribles resentimientos que le guardaba. Sin embargo, tampoco la juzgo. Sé bien que una buena dosis de rebeldía y astucia se escondía en su persona, de otra forma no hubiera gozado de tantas atenciones, y sé bien que todos estamos habitados por diferentes personalidades que es muy difícil conciliar. Pero, que quede claro, yo nunca he sido dócil y no podía aceptar el convertirme en la víctima perpetua de sus encantos. Así que, cuando aquella tarde la vi deleitándose con el último de mis novios, el que yo amaba, tendidos en el sofá de la sala, imaginando equivocados que yo no estaba en casa, no pude evitarlo.  Decidí, en ese momento, que se había pasado de lista y merecía castigo. Busqué, silenciosa pero aquejada por un dolor insoportable, cualquier ventana por la cual escapar, cualquier objeto que diera respuesta a lo que estaba sintiendo. Aquella pala con la que acostumbraban culparme por llenar con el lodo del jardín el piso de la sala, estaba tan a mano, que simplemente tuve que seguir un movimiento lógico. No era yo. Me conducía una fuerza superior, un deseo irrefrenable de venganza. Al terminar, discreta y precisa, arrastré ambos cuerpos y los enterré, con mucho cuidado, en el jardín posterior, junto a los arbustos que custodian las espaldas de la casita del perro. Mis padres habían salido ese fin de semana. Al regresar a casa, creyeron, confundidos y atónitos, mi versión de los hechos, de cómo mi hermana había mantenido relaciones clandestinas con mi novio y que, ante la vergüenza de ser descubierta, consideró que la mejor alternativa era huir con él. Incluso escribí una carta magistral falsificando su letra, donde ella se disculpaba por abandonarnos. Me comporté a la altura del mejor en esos casos; además, no mentía del todo con mi versión. No dejé rastros, destruí pistas, fingí la más descarada y sucia de las inocencias. Los engañé a todos. Ahora nadie sospecha de mí.

 

            Pero Papá está deshecho; Mamá no cesa de llamar a la policía, de cuestionar a los vecinos, de esperar cualquier indicio de su paradero. Cada vez la noto más triste, más enferma, lo que me despierta celos más terribles que cuando mi hermana estaba viva. Por si el desconcierto de mis padres no fuera suficiente, yo extraño a mi novio, cómo no lo iba a amar si había soportado con resignación todas y cada una de mis infidelidades. Lo humillaba con rencor; lo engañaba con elegancia. Él, en respuesta, me perdonaba todo. Ahora me hace falta. No, no es verdad. No lo necesito. Que se joda también. Mira que ponerme el cuerno con mi hermana la rarita, la puta santa. Eso si se llama descaro. Le hubiera perdonado todo, cualquier cosa. Pero con mi hermana no, nunca con esa idiota. Ojalá que tengan ahora una rata atravesada en el cráneo, succionándoles los sesos. Así aprenderán a respetarme.

 

            No me arrepiento, pero tengo miedo. Temo a los fantasmas que he escuchado deambular en los pasillos desnudos. Temo a sus susurros por las noches, a su cercanía familiar. Sobre todo a ella, Poesía, ¿que voy a hacer si se me aparece en la mecedora que mira al jardín, la que tanto le gustaba ocupar? ¿Qué demonios voy a hacer cuando la vea? Qué horror. Imaginen nada más la remota posibilidad de hallarse de pronto ante un fantasma poético. Eso sí es de dar miedo.

 

            Ahora dejo de escribir. Ahora callo. Espero que alguna vez, cuando nos volvamos a reunir en una segunda vida en común, en un espacio neutro, Poesía me perdone, pueda olvidar lo que le hice. Pero no puedo admitir que quisiera haber  actuado de otra forma; sé que tomé la decisión correcta y no hay vuelta atrás. Además, me queda claro, ella debió asumir desde un inicio las posibles consecuencias de su deslealtad. Así las cosas, así esta doble sensación de culpa y venganza complacida; este remordimiento vencido por el odio; sólo pido que el infierno tenga piedad de mi alma, porque a decir verdad, el cielo nunca estuvo en mis planes.

 

2004

 
 
 
 
La Vida me visita
 
Ulises Paniagua

 

                                                         Ilustración: Luis Alanís Téllez

 

A Gabo García Márquez, a quien admiro;

 aunque sólo lo conozco por sus letras.

 


            La visita de La Vida, resucitó en Juan Valdivia la fe sepultada años atrás por los escombros del desamor. Juan se hallaba descansando los codos sobre los cuadros del mantel, cuando llamaron a la puerta. Las constantes invitaciones de los vecinos a reuniones frívolas, y la entrega de correspondencia desalentadora a manos del viejo cartero, reforzaron en Juan Valdivia el fervoroso deseo de no volver a abrir la puerta de su casa durante el resto de sus días. Sin embargo, las llamadas se tornaron tan insistentes en ese momento que no tuvo más remedio que acudir.

Con un descaro que bien pudiera achacarse a la putería con que se comportaba ante todos, La Vida entró al estrecho cuartito dando tumbos de alegría. Se le veía jovial y rubicunda, ajena a cualquier apuro. Como es natural, tan desbocado comportamiento despertó en Juan un  justificado sentimiento de ira. “¿Quién diablos te dijo que pasaras?” gritó apagado. La Vida, tan casquivana como siempre, desarrolló  un par de pasitos de ballet y fue a acomodarse en una sillita blanca y coja, junto a la mesa arropada con el mantel a cuadrosazulblancos. Lo miró con impertinencia, “Aquí está muy oscuro” dijo, y corrió a correr las cortinas, así, con redundancia y todo. La luz  entró de golpe descubriendo aquel cuartucho de paredes blancas y desnudas, donde la mesa y un par de sillitas era el único mobiliario presente. “Mucho mejor” dijo La Vida, coqueta, y volvió a sentarse.

            Juan se hallaba indignado. Con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, se arrojó sobre La Vida tratando de cojerla de una de sus puntas; pero cayó tras un intento vano, porque La Vida no puede asirse como si fuera una sartén. Mirándose allí en el rincón más claro del cuarto, con la  nariz besando la loseta blanca, se comprobó ridículo. La Vida se rió con su risita asmática, así, con redundancia y todo, y entonces él  se incorporó convertido en una furia. Echó a correr tras La Vida sin poder darle alcance, mientras ésta reía con inocencia, como si se tratara de un juego escolar; hasta que rendido y destrozado, Juan Valdivia se recargó en uno de los muros encalados, y con voz de túnel hueco reclamó: “Puta Vida, ¿por qué carajos has venido a verme, si ya no me interesas? ¿No te das cuenta de que nunca he de poder asirte con mis propiastorpesolvidadas manos? Lárgate ahora mismo”.

            La Vida, con comprensible desencanto, colgó la cabeza sobre los pechos y se enroscó sobre su nebulosa espiral. Después de unos instantes de concienzuda reflexión, abandonó la habitación dando pequeños pasos de niña regañada, entornando la puerta tras de sí. Juan Valdivia la vio salir arrastrando sus dichas, y se sintió miserable. La lágrima de La Vida que al sol relucía sobre el piso, como un testigo mudo del acto imbécil que Juan acababa de cometer, cambió las intenciones de éste.

            Presto salió del cuartucho y al abrir la puerta de nuevo se encontró ante La Vida, que sonriente le miraba sin pronunciar palabra. “No puedes asirme, pero puedo hacerte compañía”, fue todo lo que ella dijo; él la invitó a pasar. Se sentaron ante la mesa, Juan Valdivia la contempló absorto durante unos instantes, una nube indescifrable. “Había olvidado lo hermosa que eres, comentó, ¿quieres quedarte a comer conmigo esta tarde?” La Vida trazó una sonrisa, complacida, así que  Juan  inició una animada conversación sobre temas tan profundos y superficiales a la vez, tan ambiguos, que se sorprendió de su propia desenvoltura. Y charlaron, charlaron...charlaron largo y tendido, mientras el sol iluminaba sus pupilas escurrientes de esperanza.

 

Ulisses Paniagua 2001.

 



MI BODA EL DIA DE...
Ulises Paniagua
 

 


Pasarán algunos segundos antes de que se decida a abrir la carta. Los compromisos sociales y las celebraciones llenas de “Felicidades”, “Te queremos”, “Eres especial”, siempre le habían parecido ridículas. ¿O no?

 

-Es como si estuvieran despidiendo a un muerto. Sencillamente patéticas.

 

Víctima de una actitud social que cualquiera juzgaría misantropía, se verá una vez más impedido a destapar el sobre. Pero la curiosidad vence hasta a los temperamentos más hostiles; así que finalmente, después de un poco de incertidumbre, sentirá un deseo intenso de saciar sus dudas.

 

Su sorpresa será enorme. Después de leer la carta sin ninguna prisa, el suceso inesperado lo hace incorporarse del sillón.

 

-¿Qué dicen? ¡¿Me invitan a mi boda?! ¿De dónde demonios llegó esto?

 

Se considerará humillado, envuelto en una pésima broma de un pésimo gusto. Murmurará un par de mentadas de madre sin destinatario particular; leerá y releerá la misiva sin remitente hasta el cansancio; se desplomará en el sillón, evidentemente contrariado. Incluso apagará el televisor (apagar la televisión, para él, sólo puede encontrar como causante un problema de dimensiones considerables). La idea de contraer nupcias con la señorita Vespucci no le resultará, sin embargo, del todo desagradable; aunque no dejará de parecerle desconcertante el acercarse a la imagen de un cuadro renacentista.

 

Se dejará llevar por la fantasía y una inocencia malsana. Recordará: su encuentro con Simonetta años atrás constituirá para él uno de los momentos más emocionantes y tiernos en la vida. Podrá verse, en la inagotable fuente de la memoria, caminando distraído sobre Avenida Miguel Ángel de Quevedo. Poco después, un inesperado deseo de entrar a la  librería lo asaltará con insistencia. Deberá rondar los libros, tomar por distracción un volumen de los Grandes Maestros de la Pintura Universal, y encontrar por primera vez, en El Nacimiento de Venus, el rostro bellísimo de Simonetta. Nunca sabrá porque se vio asaltado por un impulso tan irracional, pero agradecerá al instinto durante varias semanas. Se dedicará después a coleccionar copias, postales y libros acerca de los cuadros del famosísimo pintor apodado Sandro Botticelli (su verdadero nombre, Mariano di Vanni Filipepi), donde aparezca el rostro de su amor platónico. Confrontado ante la realidad, se descubrirá comportándose como un adolescente cachondo, coleccionando fotografías eróticas de su artista favorita.

 

-Puterías.

 

Las catalogó entonces como puras puterías.

 

Ahora se levantará del sillón, tomará un grueso gabán y saldrá a la calle, preocupado. La invitación señalará ese jueves de invierno como el día de su boda. De acuerdo a la invitación, él se casará dentro de veinte minutos en la Capilla Bizantina, que se halla apenas a algunas cuadras de su cuarto de alquiler. Su casera, una mujer madura y divorciada que aún despierta el apetito sexual de sus vecinos, aunque no en particular el de él, lo verá atravesar el patio dando grandes zancadas.

 

-Felicidades- le gritará. Pero él lo interpretará como un insulto.

 

Todo parecerá raro: los autos que transitan a vuelta de rueda, el hombre gordo que regala diarios en un crucero; una mujer agitadísima que repite, de manera ansiosa e inagotable, no debí hacerlo, no debí tomar ese dinero. El aire de invierno será una chingadera. Ni siquiera el gabán alcanza para resguardarse del frío. Meterá las manos a los bolsillos y arreciará el paso. De pronto se sentirá observado por todos, como si se hallara en medio de una conjura fantástica y multitudinaria. Pero después de algunas miradas que lanza a diestra y siniestra, decide que un ataque de paranoia no es lo más conveniente en uno de estos casos. Se pregunta a dónde va, por qué no puede detenerse; se inclina a pensar que la curiosidad lo domina, se confiesa victima de  una curiosidad incontrolable.

 

Al llegar al pie de un semáforo casi choca con una mujer que guía una carriola vacía: el detalle no le pasa por alto. De nuevo sentirá que la gente lo mira con extrañeza por las calles, como reconociéndole, una especie de cómplices benévolos. ¿Es que todos estarán enterados de su boda, excepto él? Por eso odia los thrillers, por la complicidad asfixiante de los vecinos o los miembros de una comunidad secreta, se dirá, y continuará caminando más aprisa, cubriéndose el rostro de la hojarasca seca que el viento arrojará hasta donde camina. De frente, se dice, que alguien apague al viento, y se sorprenderá cuando al formular su petición el viento se detenga de golpe.

 

Se sentirá asustado al colocarse frente al portón de la Capilla Bizantina. Tratará de convencerse de que este es un buen momento para dar marcha atrás, después de todo, los eventos están demasiado enrarecidos para hacerse el valiente; se planteará la posibilidad de pincharse los dedos con un lápiz que siempre guarda en la bolsa trasera del pantalón; incluso ejecutará el sólido pinchazo que le hará retorcerse tras un breve dolor; y se dará cuenta de que no se trata de una pesadilla, lo que no puede parecerle menos que horroroso.   Entonces aspirará fuerte, decidido, se internará en el patio y recorrerá un largo caminito adoquinado, custodiado por un jardín lleno de basura de latas de refresco, olotes y vasos de helados vacíos. El atrio estará muy solo. Un frío alarmante recorrerá cada uno de los poros de su piel. Lo envolverá el silencio y tendrá ganas de escapar. Pero seguirá adelante por esa maldita curiosidad que sigue incitándolo.

 

-Los lugares solos, como esqueletos abandonados, deberían ser prohibidos constitucionalmente- dirá, y casi reirá de mala gana de su estúpida reflexión, pero un cántico proveniente del interior del edificio lo hará desistir.

 

Con mucho miedo retratado en el rostro (su rostro dirá a todos miren miren que miedo tengo, sonrío con timidez para no orinarme en los pantalones) se adentrará a la capilla. Un grupo diverso se hallará dentro, esperando el inicio de misa. Reconocerá a algunos personajes de cuadros del Renacimiento, entre ellos al Ángel de La Anunciación, a Salomé, a Adán y Eva de Cranach. Algunos asistentes orientales arrojarán  a sus pies alcatraces y girasoles, y aplaudirán con mucha rabia. El querrá decirles que hay un error.

 

-Hay un error. No soy el indicado.

 

Pero no lo dejarán explicarse y terminará por permitir que lo consientan -¿a quién no le gusta que lo reciba una multitud agradecida, sobre todo si se trata de una multitud pictórica e imposible?- Luego se acercará a él un hombre sudamericano. Sabrá que es sudamericano por el acento con el que habla el idioma, pero no logrará descifrar exactamente el país en que el otro nació.

 

-Vení, vos - lo tomará de la mano y lo conducirá a una contigua sacristía abandonada, donde decenas de gallinas y un par de cerdos correrán como locos de un lado a otro, dejando plumas y malos olores a su paso. En medio de la habitación, colgado del techo, un frac lujoso aguardará a su propietario.

 

-Espero que sea un mal sueño- le comenta mordaz al sudamericano.

 

-¿Vos sos?

 

.¿Quién?

 

-Quien sos. El que todos esperan.

 

-Supongo que sí. No he tenido mucho tiempo para reflexionar. ¿Hay un baño aquí?

 

-¿Por qué?

 

-Estoy nervioso. Tengo que ir.

 

-¿Tenés o debés?

 

-No me estés chingando con tecnicismos ahora. Quiero orinar.

 

-Al fondo a la izquierda. Chao. Ah, lo olvidaba: muchas felicidades.

 

Lo verá salir y su alarma crecerá. Se verá obligado a orinar en el rincón del cuarto tratando de no despertar a uno de los cerdos. De mala gana volverá al centro de la habitación, y finalmente decidirá vestirte para la boda.

 
 
-Debe ser un juego. Esto es absurdo.



Intentará ponerse el limpio e impecable frac. Intentará una y otra y otra vez y  no podrá ni calzarse los zapatos, ni colocarse el pantalón. Y una que otra vez que haya conseguido ponerse una prenda, ésta desaparecerá de su sitio y volverá a iniciar un ritual ridículo, casi un gag. Esto debe significar que no estás convencido de casarte, que no estás listo aún,  tratará de persuadirse. Pero cuando se abre la puerta de la sacristía, una fuerza de dimensiones misteriosas lo conduce fuera. Casi todos lo recibirán con admiración; algunos con tristeza, unos tantos con envidia, algunas chicas con amor. Se cohibirá ligeramente porque no sabrá si logró vestirse a tiempo. Pero se sentirá descansado cuando mire uno de los espejos al costado derecho, y se descubra apuesto: el frac le luce después de todo; nunca pensó verse tan atractivo, y se sentirá orgulloso de si, a pesar de la cursilería implícita en un orgullo pueril. Y cuando dirija su mirada hacia el altar ella estará allí, de espaldas, esplendorosa. Semitransparente, ajustado e indiscreto, el vestido de novia de Simonetta dejará adivinar lo suficiente  de sus formas suaves y jugosas. El viento lo hará ondular lúdica, interminablemente. El deseo se intensificará en él, y sus mejillas se llenarán de rubor. Junto a ella y sus carnes suaves y blancas, un Botticelli emocionado y con los ojos invadidos por las lágrimas, esperará paciente para entregarla. Él se acercará, nervioso y trémulo, sin poder comprender en su totalidad lo que está ocurriendo. ¿De dónde le han asignado tal bendición? El pintor le comentará algo en italiano. No entenderá nada, pero su voz será reconfortante. Será profunda, como el abismo. Se colocará junto a Simonetta y la mirará directo a los ojos.



-¿Estoy soñando, verdad?



Ella negará un par de veces. ¡Su rostro¡ Nunca creyó ver tan de cerca su rostro. Su sonrisa, el cabello rojizo, sus ojos. Siempre había amado sus ojos. No se arrepentirá de haber arribado a la cita, en el día de su boda el día de...Todo resultará perfecto; absolutamente absurdo, pero tan prefecto. Sin embargo, estará convencido de que no se trata de un sueño. No podrá definir si se trata de una realidad alterna, un nudo de tiempo, una brisa cotidiana  o una equivocación celestial. Pero no le importará. No te importará. Si puedes verla allí, a la mujer que amas, y encontrarte junto a ella, cuando menos un instante, por mínimo y casual que éste sea, aunque no medie una explicación racional, científica, ¿qué importa el resto? No preguntes. No investigues. No busques los por qués, la congruencia. Mira a tu derecha ¿Habías visto ojos más bellos, más profundos que los que ves ahora? Sus ojos color de miel. Sólo sus ojos y tú. Entiende, acepta, agradece. No hay nada que preguntar.




Ulisses Paniagua 2003.


 
 
 

 

 Narrador, guionista, dramaturgo, poeta, actor, y videasta. Se  graduó como arquitecto en el Instituto Politécnico Nacional. Ha publicado, en colectivo, cuatro libros de cuento, todos ellos bajo el sello editorial de la UNAM. A título personal, ha publicado siete libros: Del amor y otras miserias (Poesía; Editorial Fridaura, México; y Remolinos, Perú, 2009); Patibulario, cuentos al final del túnel, (Cuento; Mutibilda, 2011);  Guardián de las horas, (Poesía, Eterno Femenino Ediciones, 2012); y el libro de cuentos de horror Nadie duerme esta noche, (Fridaura, 2012); así como los libros infantiles Me llamo Odo, Odo y un día muy especial y La mancha de Pipiolo, (Actualmente en proceso de edición, 2013); así como algunas obras de teatro y un par de guiones que aún no han sido filmados.
Su obra ha sido publicada en diversas revistas y diarios, entre ellos Opción (ITAM), El Sol de México, El Financiero;  así como en la revista electrónica Letralia, tierra de letras (Venezuela), Juchem”s  Posterous (España), Radio Argentina (Argentina), Urutz Magazine, Avatares, El Humo, Ars Luma (México), y en la revista electrónica Las historias, publicada por Alberto Chimal (México). También ha sido difundido en España, Italia, Cuba, Perú, Chile y República Dominicana. En el 2008, fue incluido en la antología de Poesía latinoamericana de la revista Lo Spazio (Italia). Algunos de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano. Ha sido entrevistado en los programas de radio Luces de la ciudad (La hora nacional), Jazz arquitectónico y Luz del norte (Código DF).
En el 2007 recibió una mención honorífica por su cuento La Colección, en el Concurso Nacional de Cuento Criaturas de la Noche, del Instituto Coahuilense de Cultura, misma que le valió ser incluido en la antología expresa para tal concurso, Ese hondo suspiro entre las sombras. En el 2008, fue ganador del segundo lugar en el concurso de minificción, En breve, lo que tu me cuentas, organizado por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y la Revista Asfáltica, gracias a su microcuento, La noche muda. En el periodo comprendido entre 1998 al 2003, recibió cinco premios en los Concursos Teatrales del IPN, entre los que se incluyen mejor actor, mejor dramaturgia, mejor dirección y mejor obra. Ha sido alumno, en talleres literarios, de escritores como Guillermo Samperio, Jaime Augusto Shelley, Saúl Ibargoyen, Alejandro Licona, Tomás Urtusástegui, Arturo Arredondo y Miguel Ángel Tenorio. Sus poemas El Cubo y Anim sirvieron de inspiración al coreógrafo Juan Carlos Valls, Kanga  (España) para la realización de un trabajo de video-danza profesional. En el 2011, con su colaboración en las coreografías de grupo Kanga, en Barcelona, obtuvo el primer lugar en el concurso nacional “Tú si que vales”. También es integrante del Colectivo Pena Ajena, con quien realiza diversos performances y videos multidisciplinarios. Ha realizado la corrección de estilo de más de media docena de libros.Correo electrónico:  sesilu7@yahoo.com.mx